Llegó el circo a Salto, pero los payasos, al parecer, ya estaban.
Desde hace un tiempo, un edil del Frente Amplio encontró en las redes sociales una particular forma de desarrollar su actividad política: buscar permanentemente algún episodio que pueda ser presentado como un problema del Gobierno departamental, amplificarlo y convertirlo en contenido para sus seguidores.
La crítica política forma parte de la democracia y el control sobre quienes gobiernan es, sin dudas, una tarea legítima y necesaria de quienes ocupan cargos electivos. El problema aparece cuando esa tarea parece reducirse a buscar permanentemente el error, la polémica o el enfrentamiento, incluso cuando los hechos no tienen la dimensión que se pretende mostrar.
Las redes sociales pueden ser una herramienta para informar, fiscalizar y acercar a los representantes con la ciudadanía. Pero también pueden transformarse en un escenario donde la búsqueda de repercusión termina desplazando el contenido y la responsabilidad que implica ejercer un cargo público.
Un edil tiene una función que va mucho más allá de publicar videos, comentarios o cuestionamientos en redes. Tiene la posibilidad de recorrer los barrios, escuchar a los vecinos, plantear soluciones, presentar iniciativas, participar de los debates de la Junta Departamental y ejercer una fiscalización seria y responsable.
Porque representar a la ciudadanía no debería confundirse con protagonizar permanentemente una función.
La política necesita crítica, necesita oposición y necesita controles. Pero también necesita propuestas, trabajo y responsabilidad. Cuando el enfrentamiento se convierte en el principal objetivo, el debate público pierde calidad y la ciudadanía termina recibiendo más espectáculo que soluciones.
Y ahí aparece uno de los problemas que la propia clase política debería mirar con preocupación: el creciente descreimiento de la sociedad hacia quienes ocupan cargos de representación.
Cada vez que un dirigente transforma cualquier situación en una oportunidad para generar una polémica en redes, corre el riesgo de alimentar justamente aquello que después muchos dirigentes dicen querer combatir: la pérdida de confianza en la política y en sus representantes.
Salto necesita ediles que fiscalicen, sí. Que cuestionen cuando corresponda, también. Pero, sobre todo, que trabajen.
Porque para hacer política no alcanza con estar permanentemente frente a una cámara. También hay que estar donde están los problemas.
Y, fundamentalmente, hay que aportar soluciones



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